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jueves, marzo 19, 2009

Fuga al Valle de Vidriales por Antonio Casado

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Antonio Casado en Diario Directo (28/12/07)
Fechas
 propicias para la evasión y la búsqueda del remanso en el turbulento río que nos lleva. Aprovecho el paréntesis navideño para cerrar bajo siete llaves los asuntos de la actualidad política y fugarme al Valle de Vidriales (Zamora), a la sombra muda del mítico pico Teleno.

En sus pueblos, también en el mío, Ayoó (el Ageo monástico de la repoblación meridional del reino astur-leonés), el monte avanza hacia casas en silencioso, humilde e ignorado contraataque de la Naturaleza frente al insolente reinado del ladrillo en otras partes. Aquí la madre Tierra resiste, pero llora la marcha de sus hijos mientras pasa factura la despoblación en este olvidado feudo de la quietud y el viento enamorado de los chopos.

La escapada, no solo ecológica, comienza en Quiruelas (A-52, autovía de las Rias Bajas) y termina en Ayoó de Vidriales, donde se encuentran las fuentes del arroyo Almucera, cuya cuenca natural es el regazo del Valle, flanqueado a su vez por los Valles del Tera y el Eria. A los políticos no se les ha perdido nada por aquí. Tampoco encontraremos referencias adecuadas en las rutas turísticas de la provincia. Sin embargo, los ahora desanimados pueblos de la comarca han visto pasar la historia. Para dar fe quedan numerosos testimonios en buen estado de conservación, gracias a sus prolongados periodos de aislamiento y el abandono de los poderes públicos.

He dejado la autovía en Quiruelas para adentrarme sin prisa, una vez más, por la carretera comarcal que sigue el humilde curso fluvial del Almucera. Al recorrer el Valle queda a la derecha la sierra de Carpurias. A la izquierda, en la lejanía, el azulado perfil de la Sierra de la Culebra. Y al fondo, el no tan suave contorno de la Cabrera Baja. En primavera te sientes como un ermitaño lascivo. Pero ahora, recién estrenado el invierno, la melancolía deroga cualquier otro estado del alma, como el frío insoportable deroga cualquier otro capricho de la carne.

Antes de llegar a Ayoó de Vidriales, la cabecera del Valle, ya nos habrán salido al paso la sobria belleza de los campanarios, los vestigios prehistóricos de Granucillo, el castro de las Labradas (la 'numancia' de los astures, hoy Arrabalde) y el campamento romano de Petavonium (Rosinos de Vidriales), donde estuvo asentada la Legio X Gemina. Lugares de parada obligatoria. En todos ellos sentiremos la espectral compañía de los habitantes del Valle: eremitas, anacoretas -seguidores de Prisciliano y luego de Fructuoso-, mozárabes y 'foramontanos' venidos a repoblar estos campos siglo y medio después de la invasión árabe de la Península Ibérica.

El camino termina en la cabecera del Valle, donde estuvo enclavado el monasterio de Ageo (Ayoó, en la actualidad). De allí partió San Genadio para refundar al otro lado del Teleno el Monacato berciano (finales del siglo IX), según dejó escrito el propio Genadio en su 'testamento' (año 920) después de ser obispo de Astorga y retirarse al maravilloso Valle del Silencio. Pero esa es otra escapada que, de momento, no toca. 

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